martes, 14 de abril de 2015

¿DIOS ES AMOR?

El mal, la miseria, es una realida que nos cuestiona y pone en duda el sentido de nuestra existencia, en duda la presencia de Dios.... ¿Realmente está? ¿Existe?
La certeza que tenemos es que existimos, que nos damos cuenta, y que el mal es una realidad que afecta a muchos inocentes... y la pregunta es ¿Porqué?

Qué es lo que hay en ciertos hombres y mujeres de poder que los llevan a tomar decisiones tan horrendas, no importando la muerte de inocentes, en especial niños y ancianos, graficados simbólicamente en las imagenes... o qué es lo que les está faltando...

Todavía no hemos podido desterrar el odio y el horror de la guerra y la violencia en nuestro mundo, las consecuencias del narcotráfico, de la explotación sexual de muchas personas, y de forma más aberrante la de los niños, y cuántas cosas más.

La justicia humana parece no dar resultados, y muchas realidades se convierten en escuelas de odio y de indiferencia, donde no se llega a valorar ni la vida propia.

Hasta el Amor predicado por los cristianos parece que ha perdido su fuerza, o simplemente a quedado en palabras y nada más, contagiándose de la mediocridad y vanidad, confundiéndola con humildad a una y con grandeza a la otra, cuando en realidad es solo miseria... No, no alcanza el amor humano a mover los mecanismos para hacer frente a tanta capacidad de destruir...

Sin embargo no todo es odio en los lugares donde la miseria se apropia de los corazónes, mentes y sociedades... hay personas que se empecinan en amar y de una manera que uno no se imagina...

Amar en los lugares de miseria no significa amar la miseria, sino a quienes viven en la misma, en las periferias de nuestro mundo de bienestar, que si bien es limitado y a veces mezquino pero no significa que vivamos sin dignidad y tan mal como otros.

El amor no actúa de manera mágica, a la distancia, necesita posesionarse de un corazón humano para que se compadezca de quien vive en el dolor, miseria, ignorancia y violencia...

El amor necesita un lugar para estar vivo y desde allí actuar.

Solo así podríamos ir entendiendo la propuesta del amor de Cristo, quien dijo sean misericordiosos como es misericordioso el PadreDios. Su misión fue enseñar a amar, amando el mismo con amor misericordioso, es decir amando aún a quien no conozca lo que es amar o nos parezca que no es digno de ser amado... y en esto se trata de amar no como uno lo siente, sino buscar sentir lo que sintió y siente Cristo, Él es el Maestro, y no solo el Maestro sino, Él es quien puede vencer el odio, el resentimiento y desaliento que tanta indiferencia y maldad despierta en el corazón humano. De tal manera su propuesta es no solo beneficiarnos con su amor sino que es hacernos participar en el gozo de vivir su amor venciendo la acción del odio y maldad, ese es el signo de que hemos sido liberados del odio que amenaza nuestro corazón.

La Divina Misericordia no es una devoción más o devoción de moda, es Dios que nos pide actuar desde nuestro corazón... es decir Jesús es Dios con nosotros y actúa en nosotros y con nosotros. Humanamente nos ayuda a descubrir qué es lo que le falta a la humanidad para hacer frente al horror del odio, avaricia y ambición, rescatando y devolviendo la dignidad a quienes la han perdido o se les ha arrebatado.
Ojala que más que cuestionarle a Dios sobre el porqué permite el mal y el sufrimiento, deberemos cuestionar a la humanidad, o a nosotros mismo el porqué nos cuesta creer y aprender del Evangelio de Jesucristo, amar como Él, aprender a ser misericordiosos, ante tantos hermanos sufrientes de hoy que esperan una respuesta, la cual, si somos coherentes cristianos, debe llegar de parte nuestra. Más que razones es la fe, la certeza de nuestro encuentro con Él, allí donde alguien ama y trabaja por amor, sin imponer nada, sino simplemente sirviendo, cosa que parece irracional, pero es una realidad, la que nos puede motivar a creer, amar y seguir a Jesucristo hoy, no por un interes en el premio ni por miedo al infierno, como lo expresa maravillosamente un soneto atribuido a Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz o algún otro autor:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte. 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte. 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera. 

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

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