Cuando algo anda mal, buscamos un culpable, muy rara vez buscamos la causa en uno mismo. Como nos dice la historia del Génesis con Adán y Eva, la culpa es del otro, es de la naturaleza, “somos así, qué se le va a hacer...” nos excusamos, no nos hacemos cargo de lo que nos corresponde, y así nos va.
Jesucristo, juzgado por un tribunal romano, nos muestra lo ineficaz que puede ser nuestra justicia cuando se pierde el sentido de responsabilidad... sabiendo que es inocente, por presiones diversas fue condenado a muerte, como el más grande delincuente. Nuestra historia no ha cambiado mucho, porque muchos inocentes hoy siguen siendo condenados a muerte, muchísimos abortados, por conveniencias políticas, económicas, ideológicas... ¡Cuántos niños, adolescentes, jóvenes, ancianos, familias completas quedan expuestos sin defensa ante la fuerza de la corrupción que atraviesa y toca, diría toda realidad social humana, hasta las religiones...!
Y ante un problema muy grande en nuestra sociedad, en vez de luchar contra la corrupción que nos afecta a todos, nos peleamos entre nosotros, echándonos la culpa de lo que nos pasa, los ricos culpan a los pobres, los pobres a los ricos; los de un sector político al otros sector político; los de una religión a los de otra religión, los de una raza o los de otra raza; y así, hasta en la familia misma nos dividimos y peleamos, que no es lo mismo que disentir, discutir y llegar a un acuerdo...
Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nos anima a responder como hombres a los desafíos de este tiempo, a ser responsables de nuestro vivir y convivir. Envía a sus discípulos para que anuncien a su propuesta a todos los pueblos de la tierra, no para una conquista territorial ni imperial, sino para que cada comunidad viviendo sus enseñanzas sean fermento de fraternidad en cada Nación del mundo. Los cristianos, los católicos de un lugar, debemos procurar, con la ayuda de la Gracia de Dios vivo entre nosotros, que la fraternidad prevalezca sobre las divisiones, sobre las guerras, sobre las dictaduras.
María Inmaculada, la libre de todo pecado, hasta del original en consideración de su maternidad, nos ayude a liberarnos de todo mal, egoísmo, vanidad, avaricia, envidia... a través de la conversión y del perdón de Jesucristo, para poder responder como ella, ante la propuesta de ser parte del Plan de Dios, quien procura con nosotros la Salvación de la humanidad.

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